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Las enseñanzas que me ha dejado la escritura


Desde hace mucho tiempo he tenido la necesidad de escribir una entrada sobre lo que significa autopublicarse, pero mi tiempo ha sido bastante limitado y el día de hoy, gracias a una recaída emocional, pude tomarme el tiempo para escribir estas palabras.

 

Hace unos meses, antes siquiera de iniciar la escritura de “El Ascenso Del Dragón Rojo”, me había prometido a mí mismo hacer una pequeña guía sobre cómo autopublicarse con el fin de ayudar a otros escritores independientes que apenas están dando sus primeros pasos, ya que han sido muchos los autores que han acudido a mi bandeja de mensajes para pedirme ayuda sobre este tema, pero, después de darle muchas vueltas dentro de mi cabeza, llegué a la conclusión de que no hay manera en la que pueda explicar con coherencia cómo hacerlo sino hablando de mi experiencia personal y todo lo que conlleva.

 

No soy un buen maestro, me cuesta un poco generar síntesis objetivas, por eso quise abrir esta entrada y hablarles un poco sobre mi experiencia como escritor autopublicado y de lo que he vivido desde que tomé la decisión de sumergirme en este océano de letras y transformarlo en mi segundo escritorio de trabajo favorito.

 

Para comenzar, debo confesar que no estoy dedicado al 100% a la escritura, sí bien le entrego todo mi corazón a la hora de sentarme y convertir en palabras todos esos eventos ficticios que se reproducen dentro de mi cabeza para entregarle a mis lectores una historia de calidad y que se sientan felices de tenerlas entre sus manos, es mi deber decir que también tengo otras prioridades, como lo es la arquitectura y mi necesidad de volcar esa pasión a cada uno de los diseños que estoy dispuesto a confeccionar para los clientes que han puesto su confianza sobre mis hombros… Aun así, desde que entré al mundo de la escritura, pienso que me he vuelto un mejor arquitecto y, sobre todo, un mejor lector, porque he aprendido a apreciar con profundidad el trabajo que implica escribir.

 

Seas un, por así decirlo, buen o mal escritor, hay una verdad que nos rige a todos nosotros: escribir es maravilloso, es apasionante y liberador. Hacerlo es algo que llena el alma de formas asombrosas, que destruye el mundo a nuestro alrededor para brindarnos la oportunidad de crear uno nuevo, de construir algo que sea capaz de hacernos sonreír y llorar al mismo tiempo.

 

Y es que, en el mundo, son muy escasas las cosas que pueden lograr algo así, y por eso, desde que me volví escritor, dejé atrás a ese Nelson tan crítico y rezongón con lo que leía, y no puedo sentirme más feliz por ello, porque ahora me enfoco en disfrutar y sacar lo positivo de mis lecturas.

 

Escribir me ha enseñado a ser más humilde, a abrir mi mente y ser más cordial con esa pasión que todo escritor lleva dentro. Me ha enseñado (tanto en escritura como arquitectura) que no se debe hacer pedazos algo porque simplemente no nos gusta o no lo comprendemos, que, si hay errores evidentes en una obra, existen maneras de decirlo sin lastimar a quien se sentó durante horas frente a una hoja o una computadora para poner esa palabrita mal escrita sin querer, o esa silla que no se acople del todo al estilo del diseño que se está manejando en equis proyecto.

 

Porque siempre me recuerdo a mí mismo que no sólo escribió esa palabrita, que tal vez escribió otras 65.000 que tuvo que corregir hasta el punto de quedar ciego y no ser capaz de ver ese error que para mí fue demasiado evidente. Que no sólo colocó esa silla o esa lámpara, sino que probó con distintos modelos y que tal vez eran los únicos disponibles en el mercado y que se ajustaban al presupuesto del cliente…

 

Pero lo más importante de todo esto es que he aprendido a evitar esos libros que sé que no voy a disfrutar por el simple hecho de que no hay necesidad de torturarnos no sólo a nosotros mismos como lectores, sino a los propios escritores, porque, a pesar de que nuestro gusto por su obra sea inexistente, no significa que ellos no se hayan arrancado un pedazo de su alma durante el proceso de escritura.

 

Ojo, no sólo me limito a evadir. Escribir ha roto ese caparazón donde me encontraba y me ha llevado a leer más géneros, a probar cosas distintas y aprender técnicas y elementos que perfectamente puedo integrar en mis obras. Recuerdo que detestaba leer romance, no lo soportaba, pero, poco a poco, le fui dando oportunidad y he encontrado novelas de ese género que me han gustado, sin embargo, gracias a esto, pude descubrir que disfruto un montón leer novelas BL, que ahora compagino perfectamente con los mangas y manhwas que plagan mi celular desde tiempos inmemoriales, y que no temo ni me avergüenzo de mostrar, porque soy un fudanshi orgulloso.

 

De verdad... ¡Es una maravilla el montón de cosas que he comprendido!


Al escribir, te das cuenta de que te llevas más corazón dándole vida a un personaje que a una escena de acción, que no debemos sentir miedo a darle el tiempo a ese personaje para ser como es, para que pueda crecer a su ritmo y de volverse real tanto para el lector como para el escritor.

 

También he aprendido a valorar los libros lentos, los que te narran no solo de cómo un personaje liquida a sus enemigos, o como la chica da su primer beso, sino lo que siente ese personaje al hacerlo, de lo que hay detrás de ese brillante y mortífero cuchillo, detrás de esos labios que se estrellan con gran pasión… He comprendido que uno no se vuelve más blando cuando se vuelve escritor, se vuelve más empático, que es completamente diferente.

 

Sin duda, escribir te hace crecer, aunque, tal vez, aquí pensando... uno solo se da cuenta cuando se está frente a la crítica.



Fotografía: Susan Weber

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