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Dulcemente infernal


El cielo de Seattle volvía a engalanarse con su mejor abrigo plomizo, alentando a cada uno de sus habitantes a permanecer bajo las sábanas y no salir de ellas hasta que el sol decidiera atravesar las nubes con sus incandescentes rayos.


Ese sábado por la mañana, Olivia Landcastle se había despertado mucho más temprano de lo habitual, dispuesta a enfrentar un reto que días atrás se le había presentado de rodillas ante la puerta de su domicilio.


—Parece un buen chico, y está ansioso por aprender. Deberías aceptar —le había dicho su padre, sin dejar de estudiar a aquel desconocido de cabellos revoltosos desde su sofá.


Olivia suspiró ante el recuerdo, y cuando volvió a la realidad, se percató de que ya había llegado a la pequeña academia de cocina que sus padres habían abierto ya hace dos años al este de Queen Anne, un distrito al norte del centro de la ciudad que mezclaba las zonas comerciales con las residenciales, y famoso por alojar cientos de viviendas del siglo XIX. Aquel edificio no superaba las cuatro plantas de altura, tampoco era enorme, pero su fachada gris plomo, junto con las largas ventanas que se abrían en su piel de cemento y los exuberantes jardines que lo rodeaban, bastaba para otorgarle cierta elegancia.


Llevó un mechón de cabello negro detrás de la oreja y se acercó a las puertas, que abrió de un empujón tras introducir la llave que su padre le había confiado. Ese día tendría toda la academia para ella sola, lo que significaba que sería la responsable de cualquier evento. Un gran paso, se dijo, atravesando el portal con nervios de acero. Olivia estaba lista para ser la maestra del temible Evol, príncipe infernal de la gula.


***


—¡Es inaceptable! —espetó Olivia Landcastle, estrellando su mano contra la superficie de un mesón de acero inoxidable. Su mirada inquisitiva se tomaba el tiempo para examinar a detalle a su nuevo estudiante de piel verdosa y enormes ojeras—. ¿Cómo es posible que un demonio que se encarga de representar la gula no sepa cocinar?


Evol tragó en seco al contemplar la sombra que cruzaba el rostro de su nueva maestra, no sólo realzaba su malignidad, también le arrojaba una pizca del sufrimiento que estaba por venir. No cabía duda, Olivia daba más miedo que su antiguo maestro, Belcebú.


—Creo que te lo estás tomando muy enserio —señaló Evol, esforzándose por ocultar el miedo que la mortal le infundía, pero se arrepintió de sus palabras en cuanto descubrió que era posible emponzoñar aún más aquella mirada.


—Las cosas deben hacerse bien desde el principio, y para que sea posible, debemos tener disciplina.


Cuando se trataba de cocinar, Olivia se convertía en una persona estricta y exigente. La cocina era su pasión, y creía firmemente en que la comida era la mejor manera de hacer feliz a alguien.


—Bien —prosiguió la joven un poco más relajada—. Lo primero será dejarte cocinar un platillo libre, de esa forma evaluaré tus capacidades y a partir de qué nivel podré enseñarte. Te dejaré a solas para que no te sientas presionado.


Evol asintió, y en cuanto su maestra le dio la señal, se puso en marcha. Desfiló por toda la cocina buscando utensilios e ingredientes que se ajustaran al platillo que tenía en mente. Especias, condimentos, un poco de carne, algunas verduras… El príncipe estaba decidido a preparar su mejor obra para impresionar a la joven Landcastle y demostrarle que no era un caso perdido.


Mientras tanto, en el pasillo, Olivia divisó a Led sentado en un rincón junto a las escaleras, trazando líneas en su inseparable cuaderno de dibujos. En silencio, asomó la cabeza sobre su hombro y lo vislumbró plasmar una réplica en carboncillo del corredor, resaltando con prisma el juego de luces y sombras que ofrecía aquella mañana nublada.


—Nunca dejas de sorprenderme con tu talento —dijo Olivia con una voz tan suave como el terciopelo. Con cuidado, tomó asiento junto a él y se deshizo del delantal que cubría su camiseta negra y unos vaqueros que iban rasgado en su pierna derecha; ese día había decidido vestir lo más cómoda posible.


Led sonreía sin dejar de deslizar el lápiz por el papel, tranzando líneas y difuminando el grafito con las yemas de sus dedos para jugar con las profundidades y las texturas del ambiente que pretendía replicar.


—¿Está bien que dejes a un novato solo en la cocina?


—Estará bien —aseguró ella, mientras recogía su cabello en una perfecta coleta—. Después de todo es un demonio que pude sanar sus heridas.


En medio del silencio que reinaba en aquella edificación, Led y Olivia eran perfectamente capaces de escuchar el alboroto proveniente de la cocina, un traste cayendo al piso y algunas palabrotas filtrándose por las rendijas de la puerta. Ambos compartieron una mirada de complicidad y rieron.


—Esta mañana dijiste que querías contarme algo importante —le recordó Led, cerrando el cuaderno y dirigiendo toda su atención a la joven Landcastle—. Ahora que estamos solos, ¿crees que puedas decirme de que se trata?


—Pienso abrir una pastelería —dijo ella sin preámbulos, tras extraer del bolsillo de su pantalón un cuadrado de papel que terminó por tendérselo a su amigo.


La noticia le cayó como una cubeta de agua fría, en el buen sentido. Con detenimiento, el mestizo estudió el papel donde se reflejaban algunos presupuestos, costos de equipo, alquileres, entre otras cosas.


—Quiero hacerlo por mis propios medios —prosiguió la joven—, sin depender de la fortuna de mis padres.


—¡Eso es genial, Olivia! Es tu sueño desde la primaria. Pero… —volvió a darle una mirada al papel—. ¿Cómo piensas costear el local?


—Llevó mucho tiempo reuniendo y haciendo trabajos por encargo. Así que ya tengo cubierta la renta.


—¿Y qué hay de la remodelación y todo ese proceso? Eres muy exigente con ese tipo de cosas…


—Axel se ofreció a diseñar y supervisar la remodelación del local sin ningún costo. Una oportunidad de trabajo antes de graduarse y lo ayudará a promocionarse como futuro profesional.


—Una mano lava la otra —suspiró Led, temiendo que su amiga terminara explotando a Axel. Cuando se trataba de negocios, Olivia era imparable.


Nuevamente, Led vació los ojos sobre las hojas del presupuesto que Olivia le había facilitado para seguir con su análisis.


—Pero… ¿no crees que el estimado es muy poco?


—Evol y yo trabajaremos tan duro como podamos. Lo convencí de ayudarme y a cambio lo convertiré en un gran cocinero.


—Eres tan astuta como siempre —dijo Led con ojos entornados—. ¿Y qué hay del refrigerador y los utensilios de cocina, además de las mesas y sillas para los clientes? No creo que este presupuesto alcance.


—Un amigo cerrará su negocio y me dijo que podía llevarme lo que quisiera —dijo, alzando las comisuras de sus labios en una sonrisa tan adorable que apesadumbró a Led.


—Tienes tanta suerte que quisiera lanzarte una maldición.


—Cosas buenas les suceden a personas buenas.


—Pero tú no eres una persona muy buena.


—Detalles —concluyó, agitando la mano con displicencia—. Otra de las razones de porque te lo estoy contando, es que quiero que tu arte forme parte de mi negocio, y qué mejor manera de hacerlo que con un mural —La voz de Olivia nunca se había escuchado tan risueña—. Te pagaré por ello, y así, el local tendrá la esencia de nosotros tres. Estoy segura de que será de muy buena suerte.


—Sabes que puedes contar conmigo —El pecho de Led se había llenado de un gran orgullo por su amiga. Tal vez no pudiera ver el futuro, pero algo le aseguraba que aquello marcharía a la perfección.


—Y otra cosa —se apresuró en agregar la joven—. Esto es un secreto, así que no se lo digas a mis padres… Ni a tu madre. Quiero sorprenderlos cuando llegue el día de la inauguración…


—¿Eso no es humo? —interrumpió Led.


Olivia dio media vuelta y se horrorizó al ver las estelas negras escapando por las rendijas de la puerta del aula. A toda velocidad, irrumpieron en la cocina y vislumbraron a Evol ventilar el recinto con sus enormes alas de murciélago.


—¿Qué diablos hiciste? —exigió saber Olivia entre toses.


—¡El estofado está listo! —anunció él con suma jactancia, mientras Led abría el resto de las ventanas para hacer fluir la humarada fuera del recinto.


Una vez que el ambiente volvió a su estado natural, Led y Olivia se acercaron a la humeante olla donde descansaba el misterioso platillo de Evol. El demonio retiró la tapa y un pestilente líquido espeso burbujeaba como si se tratara de uno de los pozos de alquitrán de Los Ángeles. La cara de Led se tornó azul y por poco perdió el conocimiento al ver la cabeza de un pescado flotando en la olla.


—Pero… ¿Qué es esto? —preguntó Olivia, aterrada ante lo que sus ojos le mostraban. Retrocedió y cubrió la mitad de su rostro con la mano derecha para evitar que la fetidez penetrara en sus fosas nasales.


—Es un delicioso estofado mixto. Mi especialidad —expuso el demonio, sintiéndose satisfecho con el resultado—. A mi señor Belcebú le encantaba.


—Si en verdad esto le encantaba, tu señor Belcebú debió ser alguien muy tolerante —Olivia suspiró y volvió a colocar la tapa en su lugar. Ya buscaría la forma de deshacerse de aquella mezcla repugnante—. Ciertamente, tengo que enseñarte a cocinar desde el principio, pero si este estofado es tu especialidad, no me queda más remedio que ayudarte a perfeccionarlo —meditó la joven, con los brazos en jarras y una expresión determinada—. Para la primera lección voy a enseñarte a usar el cuchillo, que es un utensilio indispensable en la cocina. Es tu herramienta de trabajo, y con tan solo ver los cortes que hiciste en las verduras, es obvio que tu técnica es pésima —añadió, señalando los trozos de verdura en el estofado, los cuales se podían ver completamente desproporcionados los unos de los otros—. Es importante que los piques del mismo tamaño y cuidando la estética, así asegurarás una buena presentación y que los alimentos se cocinen de igual manera. Ahora, corta ese rábano en rebanadas —ordenó, señalando con el índice el alimento a atacar—. ¡Empieza!


A toda velocidad, Evol cogió uno de los cuchillos del mesón, hizo un movimiento brusco y en cuanto golpeó el alimento con el utensilio, el rábano no fue lo único que picó en dos. El mesón de trabajo se llevó la peor parte y Olivia, entre gritos e improperios, podía sentir como se le disparaba la tensión ante el desastre que había sucedido.


—¡No tienes ni idea de cómo usar un cuchillo para cortar!


—No estoy acostumbrado a usarlos para picar alimentos —se defendió el príncipe infernal sin dejar de limpiar la hoja de acero en una de las mangas de su gabardina negra.


—Déjame adivinar, los usas para acabar con tus enemigos —aventuró Led, aferrando con fuerza a Olivia entre sus brazos, pues, la joven, con cuchillo en mano, luchaba por rebanarle la cabeza a su pupilo.


A modo de respuesta, Evol asintió sin rastro de vergüenza.


—¿Y cómo diablos picaste los ingredientes del estofado? —indagó Olivia, un poco más calmada.


Y sin mediar palabra, Evol alzó su mano derecha a la altura de los ojos de sus espectadores y desenfundó las garras; era como ver un grupo de navajas recién pulidas.


Olivia suspiró y, una vez libre, se dejó caer en el asiento de su escritorio, agotada. No cabía duda, aquel sería un día bastante largo.


***


Dos días después, la habilidad de Evol en la cocina había mejorado considerablemente, los accidentes fatales se habían convertido en nimiedades que, con la práctica, desaparecerían. Además, su pericia no era lo único que mejoraba, desde que inició sus clases con la joven Landcastle, el aspecto del demonio parecía mejorar con el tiempo; las lunas bajo sus ojos se mostraban más claras y la delgadez de su cuerpo comenzaba a quedar atrás junto con el verdor de su piel.


Esa tarde, maestra y pupilo terminaban de consumir sus respectivas raciones del estofado que Evol había preparado. Los sabores y la textura de los alimentos era la indicada, y para Olivia era el mejor estofado que había probado en su vida.


—¿De verdad lo crees? —preguntó el demonio con las mejillas encendidas.


Olivia sonrió y, despidiéndose de su dieta, se sirvió una segunda ronda para inyectarle veracidad a sus propias palabras.


—Ahora que sabes preparar un buen estofado, estoy segura de que lo demás será sencillo para ti —expuso antes de llevarse un cuadradito de carne a la boca.


Evol la contemplaba comer con gran felicidad. Hacía mucho que no veía a alguien disfrutar de su comida, al menos, no desde su época con Belcebú.


Los días fueron transcurriendo, y en cada uno de ellos la destreza de Evol se elevaba al igual que sus conocimientos. En una semana, el demonio de la gula era capaz de realizar diferentes tipos de cortes, a diferenciar las especias, crear deliciosas salsas, preparar pastas a la perfección y llevar a cabo un horneado sin que la carne perdiera sus jugos, o que el horno estallara. Evol estaba listo para dar el siguiente paso.


—Así que te interesa la pastelería —dijo Olivia tras devorar el último bocado de la lasaña que habían preparado durante esa tarde del sábado.


—He visto muchos pasteles impresionantes en tus libros de cocina y… me gustaría ser capaz de hacer uno con mis propias manos —declaró con un brillante rubor envolviendo sus mejillas regordetas. El aspecto decrepito de Evol había sido sustituido por uno completamente saludable, si bien no se mostraba tan musculoso como Rakso o Anro, el cuerpo de Evol era fornido, y Olivia era capaz de percibir las sutiles líneas de musculatura que contorneaban los abrigados brazos de Evol—. Creo… Creo que eso es lo que de verdad me gusta. ¡Quiero hacer pasteles! ¡Quiero ser un buen pastelero y ser de gran ayuda en tu pastelería!


Aquello impresionó a la joven, y la determinación de su pupilo no hacía más que llenarla de entusiasmo para seguir su sueño y transmitirle sus cocimientos a alguien más, tal como lo había hecho el chef Michael, su anterior maestro.


—De acuerdo, puedo enseñarte.


—¿Lo harás?


—Un trato es un trato —le recordó con afabilidad—. Dije que te convertiría en un gran cocinero… Pero primero debes limpiar este desastre —Olivia borró toda muestra de afecto en cuanto señaló con una de sus pulcras uñas el desorden que impregnaba cada rincón de la cocina—. Es imposible hacer algo en estas condiciones. Tú ensuciaste, tú limpias.


—¡Pero si los dos cocinamos en este lugar! —protestó Evol con una enorme vena palpitando en sus sienes—. Lo justo sería que tú también te pusieras a limpiar.


—El instructor del aula puede evadir esa tarea —rebatió la joven, negando con uno de sus dedos y una mirada traviesa.


—Eres una gran sinvergüenza —refunfuñó él con mala cara y los puños apretados—. Creo que te estás aprovechando de tu puesto. ¡Enséñame a preparar un buen pastel ahora mismo! —exigió, elevando la voz unas cuantas notas tras golpear el mesón con las palmas de sus manos.


—¿Cómo te atreves a hablarme así que soy tu maestra y que pretendo enseñarte buena cocina? —se defendió la joven, plantándole cara al príncipe infernal—. Deberías estar agradecido.


—¡Podría golpearte y matarte si no me enseñas de inmediato!


—¡Ni siquiera se te ocurra hacer eso! —gritó Olivia, muy por encima de la voz de su pupilo—. Ahora, por favor —prosiguió, serena—, olvídate de esas estupideces y empieza a limpiar.


Evol apretó los puños, al mismo tiempo que mordía su lengua para no arrojar un improperio contra la única persona que se había tomado la molestia de enseñarle. Podría ser odiosa, mal humorada y algo aprovechada, pero eso no restaba el hecho de que Olivia Landcastle era muy buena en la cocina, que contaba con una gran paciencia y, sin duda alguna, era muy valiente, puesto que sólo ella sería capaz de tomar a un demonio bajo su tutela y encararlo de esa manera.


—De acuerdo. Tú mandas —aceptó.


Y de mala gana, Evol cogió el paño que reposaba en el mesón y se dispuso a realizar el tedioso quehacer.


Olivia, de brazos cruzados, lo miró en silencio por un largo rato, y al ver como Evol transportaba la enorme pila de trastes al fregadero, curvó los labios en una imperceptible sonrisa, negó con la cabeza y se apiadó de él. Odiaba con todas sus fuerzas llevar el orden a una cocina luego de crear deliciosos y complicados platillos que podían transportar las pupilas de cualquiera a otros mundos, sin embargo, algo en la devoción de Evol la empujó a coger los guantes de hule y unirse a él en la friega.


—Entre los dos terminaremos más rápido —dijo, cogiendo la mitad de los trastes para depositarlos en el segundo compartimiento del lavadero—. Mañana te enseñaré a hornear uno de mis pasteles favoritos —le prometió, con una mirada sumamente suave—. Los dulces son la mejor forma de hacer feliz a alguien, sobre todo a esa persona especial.


Las mejillas de Evol ardían como una sartén sobre el fuego. Sus ojos rosados parecían de cristal, y en ese momento se mostraban tallados en dos círculos perfectos a causa del impacto que aquellas palabras habían dejado al otro lado de su pecho.


‹‹Si eso es cierto —pensó el demonio, volviendo la atención a su faena—, entonces seré el mejor pastelero››.


***


—Ya te has vuelto un experto en separar los huevos —felicitó Olivia al ver que el tazón de las claras no mostraba ninguna partícula amarillenta. Seguidamente, cogió una pizca de sal entre sus dedos y la vertió en el recipiente que contenía las yemas junto con un poco de azúcar—. De acuerdo, ahora mezcla las yemas mientras yo me encargo del merengue.


Evol acató la instrucción y, con ayuda del batidor, emprendió a unificar los ingredientes mientras Olivia hacía lo mismo con las claras, las cuales ya se habían tornado blancas y algo espumosas.


Evol no se molestó en ocultar su sorpresa al ver como los ingredientes aumentaban en volumen y perdían poco a poco su característico color amarillento.


—Ya empieza a verse más blanco —observó Olivia, y por un instante sus ojos se desviaron a la pañoleta que el demonio llevaba amarrada sobre su cabello, donde el enorme dibujo de una fresa estallaba en colores.


—¿Cómo sé que la mezcla está lista? —preguntó el demonio sin dejar de batir.


—Cuando la veas densa.


—¿Densa?


—Ya está.


Evol apagó la batidora, y al levantarla vislumbró como la mezcla chorreaba lentamente de las aspas.


—Densa —repitió, acercando el rostro a las aspas para ver más de cerca aquel fenómeno.


—Ya conseguí el merengue —avisó la joven, levantando las aspas de su batidor para mostrarle a su pupilo como se alzaban los picos—. Cuando el merengue forme estos picos, sabrás que está listo.


—Impresionante —se maravilló el demonio, centrando toda su atención en la firmeza de aquel merengue tan blanco como la nieve.


—Ahora añadimos la mezcla de las yemas a las claras —explicó Olivia, haciendo un ademán para que Evol se pusiera en marcha—. Y mezcla con la paleta de goma con movimientos envolventes hasta que se integren muy bien.


Una vez que la mezcla se unificó, Evol pudo sentir la suavidad de aquella composición y un terrible impulso de querer llevárselo todo a la boca. Sacudió la cabeza para apartar esas ideas y anunció que había terminado con la labor.


Olivia, al dar el sello de aprobación, le acercó un tamiz junto con el resto de los ingredientes secos —harina y polvo de hornear— para que los cerniera sobre la mezcla y siguiera con su trabajo de integrar todos los elementos. En algún momento, parte de la harina llegó al puente de la nariz de Evol. La joven contuvo una risa y se dispuso a volcar en un tazón limpio un poco de leche y aceite vegetal.


—Vierte un poco de la mezcla aquí.


Evol obedeció y Olivia integró los ingredientes de una forma tan rápida y sencilla que dejó a su pupilo embelesado.


—¿Sucede algo?


—No… Nada —se apresuró él en contestar, volviendo rápidamente a lo suyo—. Es sólo que… Eres rápida. Eso es todo.


—Tengo tiempo en este oficio —dijo, vertiendo su mezcla en la de Evol—. Es lógico que sea tan buena.


—Presumida —gruñó el demonio.


—Deja de quejarte y asegúrate de que no queden grumos en el pastel —dijo, cogiendo una bandeja rectangular de poca profundidad que se dispuso a forrar en papel encerado.


Minutos después, Evol vertió la masa del pastel en el molde y, con ayuda de una espátula, le dio uniformidad a la superficie de la mezcla, asegurándose de que tuviera la misma altura, tal y como Olivia se lo había indicado.


—Y ahora lo horneamos —De pronto, el rostro de Olivia se tornó sombrío y amenazante—. Te aseguraste de precalentar el horno, ¿verdad?


Una gota de sudor nervioso corrió por la espalda del demonio, puesto que lo había olvidado por completo.


—Claro que lo hice —mintió, cogiendo la bandeja con una sonrisa forzada—. ¿Acaso me crees idiota? Deja que yo me encargue.


Mientras Olivia recogía los utensilios sucios, Evol se apresuró a alcanzar el horno y abrir la compuerta. Una vez que verificó que Olivia no lo espiaba, susurró algunas palabras en una lengua arcana y un fuego cerúleo no tardó en aparecer y envolver el interior del compartimiento hasta alcanzar la temperatura correcta. Depositó el molde y, una vez que cerró la compuerta, ajustó el tiempo de horneado. La criatura mordía sus uñas por culpa de los nervios, pues, la receta no decía nada sobre hornear con las llamas provenientes de las cocinas del palacio.


—¿Todo bien? —preguntó Olivia a sus espaldas.


—¡TODO BIEN! —chilló por culpa de los nervios.


Olivia izó una ceja y se inclinó a un lado para evaluar el horno. No pudo percibir nada fuera de lo normal, así que se encogió de hombros y cogió a Evol de una oreja para arrastrarlo al fregadero y comenzar con la primera fase de la limpieza.


Treinta minutos después, la pareja ya había desmoldado y trasferido el bizcocho sobre un rectángulo de papel nuevo. Sin perder el tiempo, Olivia cogió un cuchillo de serrucho, le hizo una ceña a Evol para que se acercara y le explicó cómo debía hacer los cortes.


El primero fue un corte diagonal en uno de los extremos, de esa forma, al momento de enrollarlo, el borde del pastel quedaría afín a la superficie del plato donde lo servirían. Los otros tres cortes fueron en el otro extremo, pero de poca profundidad.


—Esto ayudará a que el enrollado sea más fácil —explicó ella.


—Entiendo. Así evitamos que el bizcocho se rompa.


—Ya estás entendiendo. Bien, ahora aplicamos la crema pastelera —anunció, depositando sobre el mesón de trabajo un recipiente con dicho ingrediente ya preparado.


—¿Eso no es hacer trampa? —inquirió Evol—. Se supone que los pasteleros preparan todos sus ingredientes.


—Sí, pero en esta clase sólo te hablaré del bizcocho… Para la próxima te enseñaré a hacer las cremas.


Con ayuda de una espátula, Evol aplicó la crema a todo lo largo y ancho del pastel, luego, con sumo cuidado, enrolló el bizcocho, asegurándose de mantenerlo bien apretado en su envoltorio de papel para que no perdiera la forma que tanto esfuerzo le había costado.


—Un poco de cinta adhesiva —dijo Olivia, colocando una pegatina de oso panda en la unión del papel para asegurarlo— y ahora lo refrigeramos durante una hora.


Alguien llamó a la puerta.


—¡Adelante! —invitó Olivia, mientras Evol guardaba la dulce creación en una de las neveras del aula.


—Huele bien —dijo Led en cuanto se adentró al salón.


—Llegaste temprano —advirtió Olivia al ver la hora en su reloj de pulsera—. Creí que estarías con Axel.


—Sí, pero Lux apareció, hablaron algo sobre un espectáculo de fuegos artificiales en Tokio y ella simplemente abrió un portal y se lo llevó.


—No entiendo la obsesión de Lux con ese mocoso —refunfuñó Evol, mientras deslizaba con gran fuerza la esponja sobre una bandeja cubierta con restos de masa—. Acaso no se da cuenta de que yo… —Se calló de pronto al percatarse de que su puño había atravesado el fondo de la bandeja. Despacio, viró la cabeza en dirección a Led y Olivia, quienes lo miraban con gran curiosidad—. Prometo reponerla.


—Más te vale —La joven Landcastle tronó sus dedos en señal de amenaza.


—Será mejor que hablemos afuera —propuso el mestizo, cogiendo la mano de su amiga para conducirla al pasillo y evitar un posible homicidio.


Una vez a solas, Led no pudo aguantarse más y, de su mochila, sacó un cilindro de papel que desenrolló de una simple sacudida. Los tres colores de aquella ilustración maravillaron a Olivia, no solo por la viveza que desprendían o la degradación que suponían en ciertas áreas para darle esa profundidad que solo las sombras eran capaces de otorgar, sino, la forma en como esos matices se entrelazaban a la perfección.


—Llevo días trabajando en este prototipo —declaró Led con gran emoción—. Desde que me hablaste sobre el mural que querías en tu pastelería, no he dejado de pensar en él, así que me puse manos a la obra… ¿Te gusta?


—Me encanta —confesó la joven, cogiendo la obra de arte entre sus dedos y acariciando los colores favoritos de cada uno de ellos. El verde, que tanto asociaba Led a su propio crecimiento y la paz que constantemente buscaba; el negro, un color que, por palabras propias de Olivia, representaba su alma: fuerza y elegancia; y el morado, la sabiduría y la lealtad que ambos reconocían en su buen amigo Axel—. La manera en como se enlazan los colores… Me dejas sin palabras —concluyó, con una mirada tan suave que, por más difícil de creer, podía endulzar el corazón más amargo.


La puerta del aula se abrió unos pocos centímetros, y la mirada sombría de Evol los saludó con pesar.


—Los pasteles están listos —anunció sin emoción antes de volver a cerrar la puerta.


Led y Olivia intercambiaron miradas y marcharon al salón, preguntándose por qué el demonio se había expresado en plural. En cuanto abrieron la puerta, vislumbraron a Evol inclinado sobre uno de los mesones de trabajo con una absoluta concentración en el rostro. Llevaba una manga pastelera entre sus manos, y, con sumo cuidado, untaba los pequeños rollos suizos con algo de crema batida para luego proceder a terminar las decoraciones con fresas cortadas en forma de corazón, trozos de chocolate y algo que parecían ser alas de caramelo.


—Vi en tu revista que suelen picar el pastel en porciones considerables y decorarlas como mejor les parezca —dijo, señalando con la punta de una fresa el tomo que reposaba en otro de los mesones.


—Es verdad —concordó ella, acercándose a los manjares para evaluarlos con fascinación. Moría por hincarle el diente a uno de los pedazos.


De pronto, como si el manjar hubiese leído sus pensamientos, dio un pequeño salto para alejarse de ella, cosa que hizo retroceder a Olivia del susto.


—¿Qué rayos…?


La sorpresa se apoderó del grupo cuando descubrieron que todos los pedazos de pastelillos saltaban en una especie de alegre danza alrededor del tazón que contenía los trozos de fresa.


—Eh… —balbuceó Led, mirando por encima de los hombros de Evol y Olivia—. No sé mucho de cocina, pero creo que los rollos suizos no deberían hacer eso.


—Por supuesto que no deberían. ¿Acaso eres idiota? —se enfurruñó la joven.


—Tengo mis momentos.


—Evol, ¿qué rayos hiciste?


—Creo que hay algo malo en tu receta —se excusó el muy sinvergüenza mientras revisaba sus uñas.


—¡LA RECETA ESTÁ BIEN! —se exasperó aún más la joven—. Evol, ¿qué rayos hiciste?


—Puede que olvidara precalentar el horno —confesó, apartando la mirada de su tutora y cruzándose de brazos para controlar los temblores—, así que invoqué un poco de fuego para llegar rápido a la temperatura que especificaba tu receta.


Olivia ya estaba dispuesta a asesinarlo con uno de sus cuchillos, de hecho, trazaba arcos en el aire con la punta de su utensilio, pero Led la mantuvo al margen al sostenerla por debajo de los brazos.


—No hay necesidad de recurrir a la violencia —la tranquilizó Led—. Además, nadie salió herido y… Solamente míralos —agregó, señalando los pastelillos saltarines con su dedo índice—. ¿No te parecen tiernos?


Y sin previo aviso, uno de ellos saltó y le mordió el dedo. El grito que brotó de la garganta del mestizo fue atroz y no paró de sacudir el brazo hasta que se deshizo de aquella criatura de colmillos dulces.


—¡Voy aplastarte! —soltó Led, desenfundando las garras con ayuda de la energía espiritual de su contraparte demoniaca.


Los demás pastelillos dejaron de saltar y se volvieron hacia el grupo, todos ellos con una mirada fiera que destilaba hambre.


***


La puerta del aula se abrió de sopetón y Olivia salió disparada como una bala, con Evol y Led rozando sus tobillos en una carrera despavorida. Seguidamente, un enjambre de rollos suizos atravesó el portal con largos saltos, gruñendo como cachorros hambrientos y deseosos por hincar sus colmillos de caramelo en carne humana.


—¡No sean tan cobardes y hagan algo! —exclamó Olivia sin dejar de correr por el pasillo.

Led se dio la vuelta, con garras estiradas, y trazó un sinfín de cruces en el aire, descuartizando las dulces masas rellenas de crema, pero éstas volvieron a unificarse adoptando un tamaño mayor.


—¡Es inútil! —anunció, alcanzando al par de cobardes que lo habían dejado a su suerte.


Los bramidos se hacían cada vez más gruesos, y cuando el grupo arrojó una mirada a sus espaldas, descubrieron que la horda de rollos suizos no sólo seguía su camino a saltos tras ellos, sino que las masas se unificaban y aumentaban descomunalmente su tamaño hasta formar una enorme criatura rellena de calorías.


La bestia rugió como un verdadero monstruo de pesadilla, y esta vez se arrastraba por los pasillos al igual que una enorme serpiente hambrienta, haciendo retumbar la estructura como si fuera sacudida por un terremoto.


Entre gritos y maldiciones, bajaron las escaleras hasta alcanzar la planta baja y cubrieron toda la ruta que los separaba de la salida. En cuanto abordaron el patio trasero, la criatura infernal atravesó la puerta, llevándose consigo el muro con tal potencia que se vio atravesando el aire como un misil.


La sombra del pastel se proyectó sobre el grupo. Evol desplegó sus alas, cogió a Olivia entre sus brazos y se apartó del suelo antes de que aquella cosa los sepultara en una montaña de calorías. Para Led fue otra historia, puesto que tropezó con sus propios pies y cayó de bruces contra el piso.


‹‹Idiota››, masculló su contraparte infernal.


—¡Deja de molestar y haz algo! —protestó el joven, justo cuando la boca de la criatura se estrelló contra el suelo y lo hizo desaparecer bajo sus gruesas capas de masa y crema.


—¡LED! —chilló Olivia horrorizada al ver que aquella cosa se había tragado a su amigo de un sólo bocado.


—Rakso va a matarme —farfulló el demonio de la gula, espantado ante las posibles torturas que el novio de Led pondría en práctica con él en cuanto se enterara.


Mientras la criatura se arrastraba por el suelo, rugiendo por el hambre y levantando nubes de polvo, Evol permanecía en los aires con el corazón golpeando su pecho a una fuerza descomunal, evaluando la situación, buscando un método para acabar con aquella monstruosidad sin poner en peligro la vida de Led, y a su persona, pues, su cabeza no dejaba de pensar en lo mal que le iría si Rakso se enteraba de lo sucedido.


—Aquí estaremos a salvo —cortó el silencio finalmente—. Podremos pensar con calma en un método para exterminar esa cosa.


Olivia, angustiada, no dejaba de ver a la criatura y preguntarse si su amigo estaría bien.


—Led…


—Él está bien —confirmó el demonio sin apartar los ojos del enorme pastel. Olivia lo miró esperanzada—. Todavía puedo sentir su energía espiritual.


La joven regresó su atención al enorme rollo suizo que bramaba por más alimento, preguntándose cómo podrían acabar con una criatura que era capaz de regenerarse. Y mientras se licuaba los sesos para dar con una respuesta, sus ojos avellana captaron algo que parecía intentar agitarse sobre el lomo del monstruo.


—¿Qué es eso? —preguntó Olivia, señalando el diminuto objeto que destellaba como el oro—. No me digas que…


Evol puso mala cara, lo había olvidado por completo.


Un segundo después, las alitas de caramelo se movieron con fuerza, desplegando una potente ráfaga de aire y elevando el enorme cuerpo del monstruo hacia los cielos. Mientras Evol se veía obligado a huir por los aires como una mosca acorralada, Oliva no dejaba de lanzar amenazas de muerte a su pupilo y gritar cuando su estómago amenazaba con escapársele por la boca en cuanto el demonio ejecutaba una de sus maniobras aéreas para esquivar las embestidas del enemigo.


La criatura parecía ganar más velocidad con cada segundo. De seguir así, no tardaría en alcanzarlos y devorarlos a los dos, y después de eso, ¿qué sucedería? Olivia se aferró con más fuerza al cuerpo de Evol, depositando toda su confianza en él. Sí moría allí, se encargaría de atormentarlo en el Seol por el resto de la eternidad.


Con un brazo, Evol la aprisionó contra su pecho, y un destello de energía floreció en su mano libre, materializándose en un enorme martillo de carnicero. El demonio, con el arma extendida al igual que su brazo bateador, dio un giro de ciento ochenta grados y, justo cuando la línea de colmillos caramelizados los envolvía, desencajó la mandíbula de masa de un único golpe.


El monstruo salió propulsado hacia la tierra, estrellándose en la terraza de un viejo edifico que, en el pasado, había sido consumido por las llamas. Trozos de masa y crema volaron por todos lados, aquello era un verdadero desastre de cocina.


Evol alcanzó los restos de la criatura justo cuando los trozos de dulzura emprendían a unificarse una vez más, sin embargo, lo que llamó su atención fue el cuerpo del mestizo en el centro de toda aquella papilla, cubierto de crema y pedazos de chocolate.


—¡LED! —gritó Olivia, aliviada de ver que su amigo seguía con vida.


—¡Sujétate de algo! —le ordenó el demonio con firmeza, apretando a la mortal con más fuerza hacia él.


La relación entre Led y Evol era prácticamente nula, sin embargo, gracias a sus conversaciones con Rakso, se había enterado de que cada uno de los nuevos príncipes infernales albergaba las habilidades de su respectivo antecesor, y el representante de la gula poseía una de las más peligrosas bajo su arsenal, una habilidad que, a la hora de ponerla en acción, era casi indomable.


‹‹En parte, la gula es como tener un pozo sin fondo en el estómago, y esa habilidad la representa bastante bien. Ingenioso, ¿no te parece?››, le había dicho en su momento.


Led sabía lo que venía, y por esa razón acató la orden de inmediato.


De un salto, se apartó de los restos de aquel cuerpo amorfo que rugía y buscaba reunir todas sus piezas. Seguidamente, extendió los brazos y de las mangas de la sudadera se desplegaron las cadenas de sus contrapartes espirituales, recorriendo el perímetro con su fulgor al igual que un enjambre de serpientes furiosas.


El dorado y el negro se entretejieron en una enorme red de telaraña que se aferró a la estructura del edificio, para luego serpentear y envolver a Led, junto a Evol y Olivia, y anclarlos al suelo como si se trataran de unos pilares.


—¡AHORA! —gritó Led.


Evol alzó el martillo, y en cuanto se despidió de su preciosa, pero terrible creación, trazó un arco que rasgó el aire como sí se tratara de un papel. La fisura, tan negra como los ojos de la contraparte demoniaca de Led, absorbía todo lo que se encontraba a su alrededor con una potencia antinatural. Trozos del edificio eran arrancados de sus cimbras y volaban junto con las partículas de masas hacia el interior de aquel agujero negro.


Los gritos del pequeño grupo eran amortiguados por el bramido de la bestia, que se aferraba del suelo con desesperación para no ser tragada por aquella boca de pesadilla que parecía dirigir hacia la nada. Poco a poco, la criatura se fue deshaciendo, sin embargo, en un arranque de fuerza, se abalanzó sobre Led como una ola cremosa, por fortuna, un enorme fragmento de escombro se precipitó por los aires, impactando contra la cabeza de la calamidad y arrojándola directo a las fauces de aquella grieta en el espacio. Un último rugido se escuchó a lo lejos cuando Evol agitó el brazo y la fisura se cerró con violencia, llamando a la calma e induciendo a sus corazones a latir con normalidad.


Al momento en que las cadenas desaparecieron en partículas de luz, los tres sobrevivientes cayeron al piso exhaustos, liberando todo el aire que habían retenido durante los últimos minutos.


Led yacía sentado junto a la abertura donde unos instantes atrás reposaba una puerta, respirando de alivio y agradecido de que ya no se encontrara cubierto de crema.


Por otra parte, Olivia, tras recuperar el aliento, abrazó a Evol en agradecimiento por salvarles la vida luego de haberlos puesto en peligro. Las mejillas del demonio se encendieron como las luces traseras de un auto, y en cuanto la joven marchó en dirección al mestizo, Evol permitió que su espalda besara el suelo. Del bolsillo de su delantal, extrajo una pequeña daga de aspecto siniestro y, en absoluto silencio, la examinó, dándole vueltas a una idea. Miró a Olivia y lo decidió, se la obsequiaría en cuanto ella lo reconociera como un buen pastelero, además, si planeaban trabajar juntos, era mejor que su maestra estuviera armada por si otro incidente volvía a tener lugar.


—Esperemos que no —se dijo a sí mismo.


Cerró los ojos, aliviado de haber solucionado aquel desastre sin que nadie saliera herido, mejor aún, sin que Rakso se enterara de que el mestizo había estado en peligro por su culpa.


Una sombra se proyectó sobre su cuerpo, no obstante, la energía iracunda que desplegaba aquella presencia fue lo que obligó a Evol a abrir los ojos y contemplar con absoluto terror ese par de irises rojos.


—Evol —dijo Rakso, tronándose los nudillos en compañía de una mirada mordaz—. Vi lo que hiciste.


—Mierda —dijo el demonio de la gula, resignado.

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