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Almas curadas


La primera cita fue un total desastre, pero sentó una buena base para la segunda, donde dos extraños se convirtieron en amigos y, con el tiempo, el cariño fue convirtiéndose en amor. Viajes, música, sonrisas, campanas de boda; aquellos años transcurrieron volando.


El primer niño llegó a sus vidas durante una noche de octubre, seis años más tarde, la niña arribó en un caluroso día de marzo. La casa estaba llena de risas, juegos, abrazos y amor; sobre todo amor.


Se podía respirar una hermosa atmosfera de calidez.


Él trabajaba todo el día en una pequeña oficina donde llevaba la administración de muchos comercios. Las ganancias le alcanzaban para costear el alquiler del local de trabajo, satisfacer las necesidades de su familia y un paseo durante los fines de semana junto a su amada y sus dos pequeños tesoros.


Todos los días, ella se levantaba a las cinco de la mañana, lo veía dormitar a su lado y, tras darle un beso, marchaba en silencio hasta la cocina a preparar un delicioso desayuno. En familia, tomaban los alimentos junto a una agradable charla. El hombre se marchaba de casa a trabajar, pero antes dejaba a los muchachos en sus respectivos colegios.


Durante las noches, él llegaba agotado, pero eso no era excusa para leerle a sus retoños antes de dormir y llenar de amor y pasión a su hermosa esposa.


¿En qué momento comenzaron a cambiar las cosas?


Esa era la pregunta que, a diario, ella se hacía. Y yo también, en cuanto me enteré de la historia.


Tal vez, cuando ella decidió proseguir sus estudios universitarios… o en el momento en que aquella jovenzuela pasó ante los ojos de él y comenzó a obsequiarle algo que su esposa no podía. No lo sé. Sigo sin entender por qué alguien le es infiel a la persona que juró amar… o, al menos, aun no llego a comprender éste en particular.


Él llegaba a casa y ya no les leía a sus hijos, ni le dedicaba tiempo a su esposa. Los días se tornaron monótonos. La misma secuencia una y otra vez. Ya no la besaba, y si lo hacía, no le transmitía la misma sensación de antes. Poco a poco se distanciaba de su familia y cada vez llegaba más tarde a su hogar.


—Hay mucho trabajo en la oficina —Le escuché decir una vez. La había llamado por su nombre. Nada de “amor”, “cariño” o “mi chillona”.


Existían días donde ella era capaz de esperarlo toda la noche despierta, y otros donde no. Cuando lo conseguía, él sólo se quitaba la ropa en silencio, asintiendo a las palabras que su esposa le articulaba y, en cuanto estaba en calzoncillos, le daba las buenas noches y caía dormido al instante.


¿En qué momento desapareció la magia?


La preparación del desayuno se tornó un mar de lágrimas silencioso, al momento de ingerirlo, ella conseguía contenerlas siempre y cuando no articulara alguna palabra.


La imagen de aquella marca roja en el cuello de su esposo la atormentaba, al igual que la mancha de labial en el cuello de su camisa blanca.


Esa misma noche, ella se armó de valor y lo enfrentó. La pelea fue desastrosa y concluyó cuando él se marchó de casa por casi dos semanas… Dos semanas donde tuvo que buscar la manera de alimentar a sus hijos, avanzar en sus estudios, pedirle ayuda a su madre y lidiar con las preguntas de sus retoños: ¿Dónde está papá? ¿Cuándo viene papá? ¿Papá ya no nos quiere?


Debía ser fuerte.


Él volvió y la rutina se fortaleció mucho más. Eran dos extraños viviendo juntos. Cuando se aseguraba de que estaba sola, rompía en un doloroso llanto. ¿Cómo es posible seguir amando a alguien que te está lastimando?


En una infidelidad, una cosa es sospecharlo, pero otra es que alguien te lo confirme. La cámara del teléfono móvil de una de sus compañeras de clase capturó aquel horrible encuentro. Ver aquella imagen, donde su esposo le introducía la lengua a esa joven mujer que laboraba como su secretaria, terminó por hacerle añicos el corazón.


Con el tiempo, las peleas se volvían cada vez más fuertes, pero ella se rehusaba a ponerle fin a la relación. No quería perderlo. Presenciar que todas las noches volvía, a pesar de la hora, era una minúscula prueba de que una parte de él aun le pertenecía.


Un día, una de sus peleas se salió de control. Se gritaron palabras muy feas, el veneno salpicaba por todos lados y quemaba todo a su paso. Ella lo empujó, con lágrimas humedeciendo sus rojas mejillas. Él respondió con una violencia mayor, que terminó por derribarla en el piso. Ambos se miraron incrédulos, mientras el silencio los dominaba.


Él retrocedió y se marchó sin decir una palabra.


Ella se hizo un ovillo y lloró hasta que sintió a sus hijos volver del colegio.


Ya eran las diez de la noche y él no aparecía. No atendía a sus llamadas, ni respondía sus mensajes.


A medianoche, el celular sonó de forma estrepitosa, arrancándola de su ensueño de forma violenta. Ella se lanzó sobre el dispositivo sin ver siquiera la pantalla; estaba segura de que era él… Se equivocó.


Era un oficial de policía, y la noticia que portaba no era de las buenas. Ella enmudeció. Dejó caer el celular. El dolor que sintió era lo más horrible que había experimentado en toda su vida, mucho más fuerte que el golpe que su amado le había estampado aquella mañana.


La voz del oficial acudía a sus pensamientos por extractos: Accidente de tránsito, pérdida total… muerto.


Esa mañana tuvo que transmitir la noticia a sus hijos. Decirlo en voz alta era doloroso, lo hacía definitivo.


Madre e hijos acudieron al hospital, pero sólo ella entró en la lúgubre sala para reconocer el cuerpo de su amado. Definitivamente era él, a pesar de que toda la vida que lo llenaba, el amor y el desagrado que reflejaba hacia ella, el hermoso color que impregnaba su tez… todo eso se había esfumado. Aquello era un cuerpo vacío. Ella no lloró, no le quedaban más lágrimas que derramar.


—Como puede ver, el exterior no sufrió daño alguno —explicó el doctor, como si esas palabras pudieran cambiar el hecho de que su amado estuviera muerto—. En cambio, el interior se llevó la peor parte…


El funeral fue doloroso.


No soportaba que las personas le dieran el pésame.


El dolor pasó a ser rabia en cuanto la vio atravesar las puertas de cristal y avanzar hasta el ataúd. Ella se disculpó con algunas personas y avanzó hasta aquella desvergonzada mujer, quien, con su máscara más descarada, le dio el pésame y un falso abrazo.


Ella quería golpearla, arrancarle las extensiones, molerle la cara a golpes y escupir sobre ella, sin embargo, guardó la compostura, le devolvió el abrazo y a su oído le susurró:


—Sal de este lugar, puta miserable. Destruye hogares.


Lívida, la mujer se marchó en silencio.


Ella estaba segura de que su esposo, en la noche del accidente, venía del domicilio de aquella zorra tras un largo día de sexo infiel.


Horas después, se encontraban en el cementerio, alrededor del ataúd que contenía el cuerpo sin vida de su esposo. Los presentes expresaron su último adiós en cuanto las nubes amenazaron con derramar sus lágrimas de despedida.


Sus hijos no lloraron, pero la tristeza invadía cada una de sus facciones. Solamente hablaron para despedirse de su padre en cuanto el ataúd comenzó a descender hacia las profundidades. Ella los conocía bien, sus hijos no llorarían frente a toda esa gente. Los tres se abrazaron, recibieron consuelo de sus allegados y regresaron a casa.


—Estaré bien. Vayan adentro —dijo la madre en cuanto llegaron al fragmentado hogar y vieron a un oficial de pie junto a la entrada. Ellos obedecieron y la mujer se quedó frente al visitante—. ¿Sucede algo?


—Me pidieron que le entregara esto —declaró el oficial, tendiéndole una caja de cartón—. Son las pertenecías de su esposo… Las que llevaba durante el accidente.


Ella las tomó y se refugió en su alcoba. No abrió la caja. Tenía miedo de encontrar algo que no fuera para ella. Apretó los labios, tomo el liviano objeto y lo guardó en lo más profundo del armario, junto con las ropas y el resto de las pertenencias del hombre que se rehusaba a dejar de amar.


Los días transcurrieron, el colegio y los amigos mantenían ocupados a sus hijos, por otro lado, la universidad la mantenía ocupada a ella y sólo se permitía pocos minutos al día para pensar en él. Tomó una foto que representaba el día de su boda y la contempló con ojos aguados. Despacio, deslizó la yema del dedo índice por el cristal y susurró:


—Te extraño tanto.


Nunca hicieron las paces.


Él se fue para siempre y ambos permanecerían con la rabia, el miedo y el poco afecto que sentían dentro. Nunca hablaron como se debía, nunca solucionaron sus problemas, nunca se perdonaron… Ya no sería posible.


Ella no paraba de preguntarse si él sabría que todavía lo amaba… Y, más importante aún, ¿en que estaría pensando él mientras conducía? ¿En ella o en la otra?


Alzó la mirada en cuanto olió aquella fragancia.


Escuchó el cristal haciéndose añicos, pero no le prestó atención al portarretrato destrozado junto a sus pies. Aquella fragancia era más importante.


Despacio, avanzó por el corredor que conectaba a los dormitorios. Su paso se aceleraba cada vez que la fragancia se hacía más fuerte. Era su perfume, no había duda de ello. Abrió la puerta de su alcoba y ahogó un grito en cuanto vio la caja sobre la cama.


Susurró su nombre y el aroma del perfume se hizo más fuerte.


Ella tomó la caja entre sus brazos y corrió hasta la salita, donde se acomodó en uno de los sofás y la abrió sin vacilar. Lo primero que vio fue un ramo de rosas marchitas con un pequeño sobre entre ellas. Su corazón se aceleró.


Acarició las rosas.


Un pequeño destello captó su atención y, al mirar más de cerca, vislumbró el anillo que una vez expresó el amor que se juraron ante el altar, frente a cientos de personas.


Cubrió su boca para contener el llanto. Dejó a un lado el ramo con el sobre y tomó la sortija. La miró con nostalgia y la acarició, con la intención de sentir la última pizca de su esencia.


Volvió la mirada a las rosas y, con miedo, tomó el sobre. Observó una vez más el ramo y, con más decisión, pensó que eran para aquella mujer.


Frunció el ceño, apretó los labios, abrió el sobre sin delicadeza alguna y leyó las tres palabras que se extendían en aquel trozo de papel:


“Eres tan chillona”


Lloró, tanto de tristeza como de felicidad.


Los recuerdos la golpearon de pronto.


Llovía, y ella estaba frustrada porque el picnic en el parque había salido fatal: se había burlado de su creencia acerca de los espíritus y, para su desgracia, la lluvia había arruinado su cabello y el vestido que había lucido para él… En medio de su frustración, él la besó en los labios, la lluvia desapareció, la frustración se esfumó y los fuegos artificiales estallaron en su interior. El primer beso nunca se olvida.


Sus labios se separaron, pero sus miradas seguían ancladas con la del otro.


—Eres tan chillona —había dicho él en un susurro repleto de amor.


Ella apretó la nota contra su pecho y, llorando, dijo:


—Te amo… y te perdono. Te perdono.


Una gran calidez la invadió, se expandía por todo su cuerpo, pero el epicentro de aquella sensación era en sus mejillas, era… era como si él, una vez más, le sostuviera el rostro entre sus manos. El calor asaltó sus labios por unos pocos segundos y fue en ese instante cuando sintió que el dolor desaparecía, que los trozos de su corazón volvían a unirse.


Era él.


Sintió paz en su interior.


Esa noche, él volvió a ella, dispuesto a pedir su perdón, dispuesto a curar su corazón… Las rosas. Ella las tomó y las apretó contra sí. Alzó la mirada y vio como las cortinas que se derramaban a ambos costados de la ventana se movían a causa de una repentina y cálida corriente de aire que terminó acariciando su rostro.


Sus almas habían sido sanadas.



Fotografía: Devin Kleu

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