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El primer amor siempre lastima


Tenía catorce años cuando nos conocimos en una salida al cine, una compañera de clase nos había presentado. A pesar de los cinco años de diferencia, él y yo teníamos mucho en común, y conectamos de inmediato.


Para ese entonces, la moda era chatear a través del mágico y olvidado “msn”. Hablábamos por largas horas que me parecieron fugaces segundos. Películas, música, anime, series de televisión, libros, su vida universitaria, mi vida en el colegio… esos eran los temas que predominaban en nuestras platicas virtuales. Cada vez que llegaba de clase, almorzaba, cumplía con mis deberes escolares, e inmediatamente corría a instalarme frente al computador a escribirme con él, quien ya me esperaba al otro lado de la pantalla. Era feliz.


Hablar con él me hacía feliz.


Saber de él me hacía feliz.


Éramos un equipo. Nos apoyábamos en cualquier situación.


Nuestra relación era secreta. Sólo nosotros dos sabíamos de su existencia.


Un sábado por la mañana, cuando ya había cumplido los quince años de edad, fuimos al parque; le había dicho a mis padres que me reuniría con unos compañeros de clase en la casa de mi mejor amiga para estudiar matemáticas, mi némesis escolar… Pensé que solamente caminaríamos, pero él me sorprendió con un mantel y una cesta repleta de comida y deliciosos dulces.


Nos acomodamos junto a un frondoso árbol y comimos hasta rebosar. El sueño no tardó en reclamarlo, y él se dejó abrigar por los brazos de Morfeo. Aquella fue la primera vez que lo vi dormir, y en ese momento me pareció mucho más guapo: su musculosa espalda reposando contra el tronco, la expresión de serenidad que surcaba sus facciones, las mejillas ruborizadas por el calor del sol, su cabello rubio… Recuerdo que quería despertarlo para admirar sus ojos verdes; me fascinaban, y siempre pensaba en ellos cuando no estábamos juntos.


Desde los trece años de edad, tengo como costumbre llevar un libro conmigo a donde quiera que vaya; es una manera de crear la ilusión de que no estoy solo, y poder escapar de la realidad en cuanto se me presenta la oportunidad. Ese sábado por la mañana no fue la excepción, y mientras él dormía, yo recosté mi cabeza sobre su regazo y me dispuse a leer algunos capítulos de “La Odisea”, una de mis novelas favoritas. Tras leer algunas páginas, él despertó, y acarició mi cabello con total dulzura.


—Quiero leer para ti —me dijo de pronto.


Tomó mi libro, y leyó unas cuantas páginas en voz alta antes de adherir sus labios a los míos. Pude saborearlo por unos pocos segundos. Sabía a sorpresa y felicidad. Todavía recuerdo la corriente eléctrica que recorrió cada parte de mi cuerpo hasta acumularse en mi cogote. Aquel fue nuestro primer beso.


—Te quiero —me confesó en un susurro. Soltó el libro, acarició mis mejillas y volvió a decir—: Te quiero mucho. Lo eres todo para mí.


Tomé una de sus manos entre las mías, y él volvió a obsequiarme un segundo beso. Al principio fue sutil, pero la presión aumentó a medida que mi corazón luchaba por salir del pecho a causa de los poderosos latidos.


El tiempo transcurrió con tranquilidad, y, en un santiamén, ya tenía los dieciséis años de edad, y cursaba mi último año de bachillerato. El miedo y la felicidad me abrumaban a causa de la tan esperada graduación. Él me tranquilizaba. Me decía que todo saldría bien, y que mi vida mejoraría ahora.


Los días del acto y la misa de grado no se hicieron esperar, y como dijo él, fue perfecto, muy emotivo; eran lágrimas de felicidad y abrazos por todos lados, hermosas palabras y fotos grupales que hasta el día de hoy atesoro. Lo mejor de todo fue que él pudo asistir, pero, tristemente, no lo consiguió para el acto formal, que tuvo lugar en el salón de uno de los grandes hoteles de la ciudad donde resido.


Dos días después del último evento, él me invitó a cenar para celebrar nuestros logros: mi graduación, y el inicio de su trabajo especial de grado. Comimos, bebimos (él bebió unas cuantas copas de vino, mientras que yo me limité en tomar agua), y, tras esfumarse el postre, regresamos a su auto, donde me besó con pasión. Me dijo que me llevaría a un lugar especial. Sonreí, y lo besé, una prueba irrefutable de que había accedido a su misterioso plan.


Aparcó el auto en el estacionamiento de un lujoso hotel, y en cuanto nos encerramos en una habitación, los besos llegaron en forma de una agradable tormenta. Él se quitó la camisa, y me derribó con suavidad en el colchón. No paraba de retorcerme a causa de los besos que se disponía a darme en el cuello, un punto sumamente sensible.


Mi camisa desapareció, y en un parpadeo, ambos estábamos únicamente bóxer. Me encantaba sentirlo sobre mí; adoraba acariciar la piel que cubría su espalda; sus poderosos brazos, que más de una vez me cargaron y aprisionaron; su abdomen de acero...


Sentir como su erección se frotaba contra la mía ocasionaba que los gemidos escaparan de mi boca. El gruñía cada vez que lo hacía, y eso nos ponía más duro a ambos. Era la primera vez que estábamos tan cerca.


Él se apartó tras regalarme un beso en los labios, se retiró el bóxer, y pude sentir un ardor en las mejillas en cuanto vislumbré aquel estilizado cuerpo. Mis ojos se fijaron en su entrepierna; estaba duro como una roca.


Él sonrió con dulzura y picardía.


Los nervios me dominaron, porque sabía lo que estaba por suceder, y la verdad es que, a pesar de haber estado duro, no me sentía preparado para tener relaciones sexuales. No sabía cómo funcionaba aquello, y sólo era capaz de imaginar el dolor que me abordaría en cuanto él me penetrara.


—Soy virgen —Esas fueron las únicas palabras que pude articular en aquel momento.


Él sonrió, se inclinó frente a mí, y besó mis labios. Me dijo que tendría cuidado… Me dijo:


—No te cogeré. Te haré el amor.


Tragué en seco, y después de unos minutos de silencio, le confesé que no me sentía listo, que tenía demasiado miedo.


Su expresión cambió. Ya no era el mismo chico dulce que conocí, con quien siempre hablaba y salía. No. Su expresión era de disgusto, y me aterraba. Retrocedí, y él me tomó del brazo. Habló con severidad, y me dijo que esa sería la noche, que estaba cansado de esperar, que había tenido mucha paciencia y no podía contenerse por más tiempo. Era la hora, y él deseaba cobrar lo que le debía.


Conseguí zafarme de un empujón tras soltarle una rotunda negativa. Me alejé de la cama y me dispuse a recoger mi ropa… Grave error, porque en el momento en que bajé la guardia, de manera sorpresiva y horripilante, un ardor se manifestó a un costado de mi rostro. Caí al suelo. Mi visión se había distorsionado un poco a causa del golpe. Era incapaz de ponerme de pie.


Tras ajustar la vista, lo vi acercarse, me tomó del hombro, volvió a golpearme, y me lanzó de forma violenta contra el sofá. Intenté incorporarme, pero él me aprisionó. Era más grande y fuerte que yo. No podía moverme.


—Esta noche serás mi perra —me dijo en un susurro amenazador.


Recuerdo que comencé a llorar. Recuerdo que le supliqué que no lo hiciera, que me dejara ir.


El dolor fue horrible. Pensé que iba a morir. Intenté gritar, pero él me amordazó con su mano. Forcejeaba, pero no conseguía nada, salvo que se molestara y se moviera con más ferocidad detrás de mí.


Me atrajo hacia él, sin detener las embestidas. Una de sus manos apretó mi cuello con fuerza; el aire que circulaba hacia mis pulmones era escaso, lo que provocó que mi visión se nublara en intervalos de segundos.


Me sentía débil. No contaba con la fuerza necesaria para gritar por ayuda.


Su otra mano me frotaba la entrepierna, pero mi erección se había esfumado, así que la dejó.


Sacó su enorme miembro de mi interior, y me derrumbé en el sofá al igual que un árbol se desploma sobre el piso. Él volvió a sujetarme del brazo y me arrastró hasta la cama, donde me tumbó de manera que mis ojos quedaran fijos en el techo. Mientras él me embestía, yo intentaba ahogar el llanto, porque sabía que si lo escuchaba sería peor para mí.


Soltó un fuerte gemido, sacó su pene, y dejó que toda su esencia se derramara sobre mi pecho.


Mi cuerpo gritaba de dolor.


Me sentía sucio.


No podía moverme.


Recuerdo que él se vistió, arrojó unos cuantos billetes sobre mí, y, antes de marcharse, dijo:


—Eso será suficiente para que te pagues un taxi.


No sé cuánto tiempo transcurrió desde su partida hasta que conseguí incorporarme y caminar a la ducha. El más mínimo movimiento me provocaba dolor. Estaba seguro de que algo dentro de mí se había roto. Me toqué, y entré en llanto en cuanto vi el brebaje escarlata pigmentar las yemas de mis dedos. Me derrumbé en el piso y lloré hasta quedarme sin lágrimas.


Encontré fuerzas de un lugar secreto, y fui capaz de bañarme hasta el punto de hacerme daño en la piel. Conseguí vestirme, y volví a hacerme un ovillo en el piso. Unas horas más tarde, tras recuperar un poco de energía, tomé el dinero y abandoné la habitación.


Aquella noche fue la última vez que supe de él. No me volvió a escribir, y yo no quería que lo hiciera. Está demás decir que tampoco le escribí, pero, por alguna razón, no fui capaz de borrar su número de teléfono.


A la mañana siguiente, evalué mi cuerpo en el espejo de mi alcoba. Los moretones estaban por todos lados, y no sabía cómo cubrir, ante los escudriñadores ojos de mis padres, los que adornaban mi rostro. Tuve que recurrir a la mentira más básica: me robaron.


No los aburriré relatando lo que ocurrió después de eso, pero si deben imaginar que fue difícil seguir adelante con aquella atroz herida, con el miedo de volver a estar con un chico, el no ser capaz de decirle a alguien lo ocurrido. Lo enfrenté solo, y no fue hasta mis veintiún años de edad cuando encontré el valor de contárselo a un amigo de Ecuador, pero eso es otra historia.


Lo importante es que pude seguir recorriendo mi senda. Hoy estoy feliz, y no paro de agradecerle a la vida tanto por las buenas experiencias, como por las malas, ya que estas últimas son las que nos fortalecen. Las heridas sanan, pero las cicatrices permanecen, y debemos aprender a vivir con ellas.



Fotografía: Sasha Freemind

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