top of page

Perdido en las sombras


La noche cubría el cielo y sentado sobre el alfeizar de la ventana, contemplaba las pocas estrellas que brillaban en el firmamento. La luna sonreía tras una espesa nube errante.


Le di un mordisco a mi galleta y volví la mirada hacia un lado en cuanto escuché un molesto rechinido. Como solía suceder todas las noches, a dos casas de distancia, el mayor de los hijos de aquellos vecinos se escabullía por el portal que había abierto. Siempre que lo hacía, yo estaba en la azotea de mi casa, pero a causa de un regaño de mis padres, decidí mudar mi observatorio al tejado que cubría el porche, al cual se tiene acceso por medio de la ventana de mi alcoba.


Aquel adolescente de dieciséis años, que doblaba mi edad, cerró la hoja de vidrio en total silencio, y de la misma manera, avanzó por los tejados que cubrían los porches de las otras viviendas hasta detenerse, con suma sorpresa, frente a mí; parece que no esperaba toparse con alguien.


—¿Quieres? —le pregunté, tendiéndole una de mis galletas a aquel muchacho de tez aceitunada. Sus ojos eran grandes, al igual que los míos.


Él sonrió y aceptó el dulce mientras tomaba asiento a mi lado.


—Ya es tarde ¿Qué haces despierto a esta hora, vecinito? —preguntó, tras darle un mordisco al delicioso manjar—. Se supone que mañana tienes escuela.


—Me gusta ver las estrellas a esta hora.


—¿A medianoche?


—Sí, creo que brillan más —respondí con la boca llena, cosa que le arrancó una carcajada. Tragué—. ¿Por qué siempre te fugas de tu casa a esta hora? —le pregunté, esta vez, mirándolo a la cara con curiosidad.


Le expliqué que, desde mi mudanza a esta urbanización, todas las noches subía a la terraza para contemplar las estrellas, y cuando el reloj marcaba la medianoche, escuchaba su ventana abrirse, me asomaba por la baranda y lo observaba saltar de tejado en tejado hasta llegar al de mi casa, usaba el enorme árbol que reposaba junto al tejado para bajar al suelo y desaparecer en las sombras.


—Voy a verme con unos amigos —contestó, fijando la mirada en el cielo y tomando una segunda galleta de mi bolsita.


—¿Por qué no los ves en el día?


—Son amigos nocturnos.


—¿Puedo ser tu amigo nocturno? —pregunté.


Él se volvió. Su mirada reflejaba sorpresa, y algo de melancolía ligada con ternura. Dibujó una media sonrisa y declaró que seriamos amigos nocturnos, pero sin ningún parecido a sus otros amigos nocturnos; no había entendido aquello último, pero acepté.


—Te esperaré aquí todas las noches —le aseguré con total emoción. Él sería mi primer amigo “adulto” y mi primer amigo en aquella urbanización—, seré tu parada de medianoche, veremos las estrellas y comeremos galletas antes de que sigas tu camino.


Minutos después, él se marchó, no sin antes recibir cuatro galletas de chocolate para que las disfrutara en el camino. Me lo agradeció y de un salto bajó por el árbol hasta fundirse con las sombras. Yo volví a la calidez de mi alcoba y cerré los ojos hasta la mañana siguiente.


Todas las noches, nuestra pequeña, pero importante reunión, se repetía. Habían noches donde él llevaba sus galletas y armábamos un gran festín junto con las mías, y cuando sobraban, cosa que sucedía con mucha frecuencia, me pedía que las guardara para la siguiente noche.


Hablábamos sobre dibujos animados y lo que hacíamos durante nuestras horas en el colegio. Cada vez que preguntaba por sus otros amigos nocturnos, él desviaba la conversación, o simplemente me decía:


—No es necesario que sepas sobre eso.


Pero quería saberlo, ya que las ojeras que comenzaban a oscurecer la piel debajo de sus ojos me preocupaban.


Así transcurrieron muchas noches, y durante la mañana de un sábado, mientras jugaba baloncesto con algunos amigos de la urbanización, lo vi salir de un auto en compañía de su padre. Grité su nombre y sacudí la mano en forma de saludo, sin embargo, me ignoró por completo y avanzó hasta la entrada de su casa con la cabeza gacha y su padre riñéndolo por algo.


Mis amigos me miraron de forma extraña. Decidí no darle importancia y reanudamos nuestro partido.


Esa noche nos encontramos en el tejado, frente a mi alcoba, y se disculpó por haberme ignorado durante el día.


—No quería meterte en problemas —declaró.


—¿Cómo así? —le apremié.


—No quiero que… No quiero que la gente piense que te estoy haciendo algo malo.


—No me estás haciendo nada malo…


Le pregunté por sus ojeras, que desde hace varios días las había comenzado a distinguir, y por el morado que cubría su ojo derecho. Solamente se limitó a abrazarme en silencio, luego de eso, vimos las estrellas sin producir sonido alguno… sin que apartara su grueso y protector brazo de mí.


Un día, me detuve en seco a un costado del descanso de las escaleras, a causa de que mis oídos habían captado el nombre de mi amigo nocturno en una conversación entre mis padres. Parecía un poco grave, dado que ambos hablaban en susurros.


Ninguna de las palabras que escuché fueron de mi agrado: problemas de conducta, venta y consumo de drogas, prisión…


En ese momento, la gripe me traicionó y dejé escapar un fuerte ataque de tos. Mis padres me vieron y, al acercarse, les dije que él no era nada de eso, que yo lo conocía y él no podía ser así.


—Se equivocan sobre él.


Mis padres intentaron sacarme información, pero no les dije nada. Aquellas reuniones eran nuestras y nadie más tenía derecho a saber de ellas. Eran especiales y quería que se mantuvieran así.


—No te juntes con ese muchacho —me ordenó mi mamá, empleando su voz más severa; me había llamado por mi nombre completo—. Tú eres un niño, y él es mucho mayor que tú. No pueden hablar. No lo conoces bien y es muy peligroso. No aceptes nada de lo que te regale, ¿me escuchaste?


Asentí con la cabeza y, reteniendo mis lágrimas, corrí a mi alcoba, ansioso porque llegara la noche.


En cuanto el reloj señaló la medianoche, él apareció, lo abracé y le dije que había escuchado cosas malas de él.


—Está en ti si quieres o no creerlas.


—No quiero creerlas —le dije entre lágrimas.


—Tengo que irme —me dijo tras un largo silencio.


—Amigos nocturnos —añadí de repente—… Para siempre… Sin importar nada.


Me sacudió el cabello y una vez más se perdió entre las sombras.


A la noche siguiente, él no apareció, ni la otra, ni la siguiente… Mi amigo nocturno había desaparecido.


Las historias que circulaban entre los adultos narraban que los vigilantes del conjunto residencial estaban implicados; la junta de condominio los despidió y contrataron a un nuevo grupo.


Los padres de mi amigo nocturno lo buscaban con desespero y sus peleas eran cada vez más constantes. Una de las revelaciones de esos días fue que el sujeto que yo pensaba que era su padre, en realidad era su tercer padrastro.


Siete noches después de haber decidido no contemplar más las estrellas, mientras intentaba conciliar el sueño, un golpecito en la ventana me extrajo de mis pensamientos. Era él.


Preocupado, y con mucho cuidado, abrí la ventana.


—¿Qué te está sucediendo? —le pregunté por lo bajo después de abrazarlo—. Lo último que supe fue que la policía te está buscando.


—He hecho cosas malas… Muchos errores —confesó—. Quería volver a ver las estrellas contigo —añadió, mostrando una bolsita repleta de galletas con forma de animalitos.


Salí de mi alcoba, nos sentamos en el tejado y observamos el nebuloso cielo por unos minutos.


Debía marcharse otra vez y me hizo prometer que no le diría a nadie sobre aquella noche. Se lo prometí y le obsequié un paquete de galletas que guardaba en mi armario.


—Por si tienes hambre.


Tres noches después, por medio de una conversación entre mis padres y unos vecinos, pude enterarme de que la policía había detenido a mi amigo nocturno y que ahora se encontraba en prisión. También, que tras una feroz discusión entre los padres de mi amigo, aquel hombre pagó una exorbitante cantidad de dinero para que lo liberaran… Tras eso, se presentó un nuevo divorcio y mi amigo nocturno, junto a su madre y su pequeña hermana, se mudaron a la capital.


Un tiempo después, supe que mi amigo no sólo estaba implicado en la venta y consumo de drogas, sino, que de alguna manera formaba parte de un asesinato… Un sujeto que trabajaba para una banda dedicada al negocio de las drogas. Esas cosas nunca terminan bien.


‹‹He hecho cosas malas… Muchos errores››, recordé.


Un año después, durante las vacaciones del mes de julio, mi amigo nocturno, junto a su madre y su hermana, regresaron a la urbanización; según los rumores, para pedirle dinero al sujeto que fue su último padrastro. Esa noche nos reunimos en el tejado, y con dolor pude vislumbrar lo cambiado que estaba: enormes bolsas oscuras debajo de sus ojos, la mirada lánguida, había perdido mucha masa muscular, el cabello carecía de brillo… Toda su belleza se había esfumado, incluso su sonrisa torcida ya no era la misma.


Esa noche hablamos muy poco, nos limitamos a ver la luna, la cual nos sonreía con su brillo plateado. Pestañeé y me incorporé de forma violenta al encontrarme en el interior de mi alcoba, en mi cama, abrigado hasta el cuello con la cobija. Los rayos del alba se filtraban por la cortina.


Susurré su nombre.


Aquella noche fue la última vez que nos vimos, pero no fue la última vez que supe de él.


Todas las noches, en honor a nuestra amistad, me sentaba en el tejado a contemplar las estrellas, y una pequeña parte de mí albergaba la esperanza de que él aparecería una vez más… Pero no sucedió.


Cuando cursaba el tercer año de mi carrera universitaria, mi madre soltó la primicia de que mi amigo nocturno llevaba muchos años preso. Su progenitora no consiguió el dinero suficiente para evitar el encarcelamiento, pero disponía del necesario para mantenerlo a salvo durante su estadía en prisión.


No fui capaz de imaginar el dolor de aquella madre, pero pude hacerme una idea con mis propios sentimientos.


El tiempo siguió su curso y, gracias a un desconocido, mi amigo nocturno consiguió salir de prisión… Eso me animó, porque tenia la certeza de que las cosas mejorarían para él.


***


20 de agosto de 2017

10:30 a.m.


Durante una conversación que mantenía con mis padres acerca de una película de terror, surgió la información de manera inesperada, como una bofetada que deja su calor durante largas horas sobre la piel: Mi amigo nocturno había fallecido… Un sujeto lo asesinó. Seis cuchilladas y un disparo en el pecho.


Según los rumores, su madre pagaba a ciertas personas para que no le hicieran daño a su hijo. El dinero escaseó y mi amigo nocturno pagó el precio. La consecuencia final de llevar una vida en aquel mundo tan sombrío.


Hasta el día de hoy, no he hablado sobre nuestras reuniones con nadie, siempre ha sido algo nuestro que me negaba a compartir, y seguirá así hasta el día que deba partir.


A veces me pregunto si debí haber hablado con mis padres sobre aquellas reuniones, o al menos sobre sus escapadas nocturnas… O con su madre. No lo sé, tal vez hubiesen intervenido en su ayuda, tal vez nada de esto hubiese sucedido, pero sucedió, y no podemos retroceder en el tiempo para cambiar las cosas. Debemos aceptar nuestros errores y aprender de ellos para no volver a repetirlos.


Nuestras reuniones nocturnas nunca terminarán… Siempre te recordaré, amigo nocturno.



Fotografía: Ricardo Gomez Angel

Commenti


bottom of page