Relato | Terror nocturno
- Nelson De Almeida
- 1 nov
- 6 Min. de lectura

Aquella noche calurosa, cuando el reloj marcó la hora en que el sueño solía envolverme en su mística niebla, el aire acondicionado de mi alcoba había decidido descomponerse sin dar aviso.
—¿Por qué no duermes con nosotros? —me propuso mi madre, mientras deslizaba con algo de dificultad el cepillo por su cabello castaño—. Tráete el colchón al cuarto y así no te aguantas ese calor.
¡Y sí que era una idea tentadora! El calor no era el peor de los problemas, sino, los zancudos que entrarían por la ventana de mi alcoba a zumbar en mis oídos, y que no dudarían en clavar sus aguijones en mi cuerpo para alimentarse. Me pregunto si de verdad son necesarios estos insectos en nuestro mundo.
Unos segundos más tarde, con el sueño acariciando mi cuerpo y la ayuda de mi padre, llevé el colchón a su habitación. Una funda de Mickey y Minnie volando por el espacio sobre un cohete, un par de almohadas con la cara de Pluto y una gruesa cobija donde un unicornio cabalgaba sobre unas espumosas olas marinas. Todo estaba listo para dormir.
—Buenas noches —dijo mi padre tras apagar las luces y ocupar su lugar en la cama junto a mi madre.
Con los ojos clavados en el techo, los fui cerrando poco a poco hasta que la oscuridad de mis párpados se instauró, sin embargo, aún no me sumergía en aquel poderoso sueño. Mi mente seguía maquinando: recordaba los últimos capítulos que había devorado en mi lectura actual, la conversación por mensajería que mantenía con ese chico tan guapo que había conocido por una red social y mi salida al cine con mi mejor amiga.
Las imágenes fluían, pero se detuvieron con el sonido del agua cayendo. Abrí los ojos y me percaté de que la ducha del baño estaba encendida. Tomé el teléfono y, al ver la hora —medianoche—, fruncí el ceño. ¿Qué hacían mis padres bañándose a esa hora? Lo entendería si hiciera calor, pero el aire acondicionado estaba al máximo y la habitación parecía un congelador.
Despacio, y procurando no hacer ruido, me incorporé y palidecí al ver que ambos seguían durmiendo. Volví la mirada al pasillo que se ocultaba junto al armario, donde yacían la puerta del baño a un lado y, perpendicular a ella, la salida a la salita de estar. La puerta del baño se encontraba entreabierta, y un delgado haz de luz emergía de la rendija.
Tragué en seco. Por nada del mundo deseaba averiguar lo que sucedía en el baño, pero mi cuerpo ya estaba avanzando por sí sólo. Mi mente le ordenaba con todas sus fuerzas que no se moviera, que volviera a la cama, pero mis piernas no obedecían, seguían llevándome hasta la entrada del sanitario.
Mi corazón martilleaba con una fuerza abrumadora. El sonido del agua era más fuerte y agobiante. ¿Quién estaría ahí? Las manos me temblaban como una gelatina, pero eso no impidió que se alzaran y empujaran con suavidad la puerta. Afortunadamente, ésta se deslizó sin soltar un quejido.
Aquel cuarto estaba helado, mucho más que la habitación. Al otro lado de la blanca puerta corrediza caía el agua sobre una extraña y delgada sombra. No se movía, sólo estaba ahí, de pie, como si estuviera viendo los pomos de la regadera.
El miedo era abrumador. Quise llamar a mis padres, pero mis labios no podían moverse. El miedo se convirtió en terror. Estaba completamente paralizado, no podía hablar… Mi cuerpo estaba tan rígido como una barra de acero. Solamente era capaz de deslizar mis ojos en todas las direcciones posibles.
Un aliento helado vino de la regadera, y cuando fijé los ojos en aquella dirección, la sombra se volvía lentamente hacia mí. Alzó la mano, apuntándome. Escuché millones de voces susurrantes taladrando mis oídos, no conseguía entender lo que decían, pero podía sentir el odio, el miedo, el terror, la tristeza, los deseos de consumirme en las sombras…
Intenté correr, pero era imposible. Era como si mi cuerpo fuera una escultura adosada al piso.
A medida que la puerta de la ducha se acercaba a mí, la sombra se tornaba cada vez más espantosa. Un par de alas plegadas; brazos mas gruesos, donde sus manos terminaban en enormes garras; un par de cuernos… Y una risa, parecida al sonido que hacen dos barras de metal oxidado al frotarse una contra otra.
‹‹¡Corre! —me decía mentalmente, sin recibir respuesta por parte de mi cuerpo—. ¡CORRE!››.
La sombra la tenía encima. Soltó un rugido, al mismo tiempo que extendía sus garras sobre mí… Y desperté.
Me encontraba de vuelta en mi colchón, abrigado por la cobija de unicornio y con los ronquidos de mis padres. El corazón me latía con fuerza, la respiración estaba agitada y podía sentir las perlas de sudor sobre mi frente. Aquella pesadilla se había sentido tan real. Quise susurrar “Dios”, pero me llevé una desagradable sorpresa: no podía mover los labios. El alma se me escapó del cuerpo en cuanto el sonido del agua volvió a deslizarse por mis oídos.
‹‹No es real, no es real, no está pasando››, me repetía una y otra vez en mi cabeza.
Nuevamente, dejé el colchón detrás de mí y, una vez más, me encontraba frente al destello de luz que se filtraba por la hendidura de la puerta entreabierta.
‹‹No, no, no, no…›› repetía mentalmente sin control.
Abrí la puerta, y la figura volvía a estar ahí, de la misma forma que la vez anterior. La sombra se volvió hacia mí, la puerta de la regadera se acercó y la figura se transformó por segunda vez en aquella horripilante entidad. El gruñido, sus garras sobre mí, la oscuridad absoluta, y nuevamente volvía a estar acostado en el colchón.
Me sentía rígido como una estatua, sin embargo, temblaba de terror, puesto que volvía a escuchar el sonido del agua cayendo. Las lágrimas corrían por mis mejillas, y una vez más, en contra de todos mis pensamientos, me levanté y avancé hacia el baño.
La escena se repetía una y otra vez sin parar. ¿Estaba muerto? ¿Acaso era un alma en pena deambulando en el purgatorio? Tal vez había muerto mientras dormía, y en este momento mis padres lloraban sobre mi cuerpo, y yo me encontraba en el purgatorio pagando todas las malas acciones que había obrado durante mi estadía en el mundo de los vivos.
El rugido, sus garras sobre mí, la oscuridad. Una y otra vez se repetían. Después de varias repeticiones debería de haber dejado de sentir miedo, pero no era así. Cada vez era peor, incluso podía sentir como mojaba mis pantalones de pijama…
El rugido, sus garras sobre mí, la oscuridad. Quería que parara, no podía soportarlo más, sabía que me volvería loco.
El rugido, sus garras sobre mí, la oscuridad… Cada cierto número de repetición, la dinámica cambiaba.
Abrí la puerta del baño, y ahí estaba la sombra diabólica, burlándose de mí. Con las lágrimas emergiendo de mis ojos, me acerqué hasta la puerta y, gimoteando, la deslicé a un lado para encontrar vacío aquel diminuto espacio. Aun así, el miedo no se iba, porque sabía que venía algo peor....
—Eres mío —susurró su voz rasposa. De pronto, sus escamosas manos se posaron sobre mi pecho y rostro, y me arrastraron a la oscuridad.
No fui capaz de gritar de verdad. Todos mis llantos, mis gritos, mis suplicas, se limitaban a permanecer encerrados en el interior de mi cabeza.
Volví a despertar en mi colchón, y la tortura seguía sin parar.
Volví a despertar, y el agua corría sin control, llamándome.
Volví a despertar, y la sombra se abalanzaba sobre mí.
El rugido, sus garras sobre mí, la oscuridad.
Una risa siniestra lo invadió todo.
—Nos volveremos a ver.
Y desperté, liberando con todas mis fuerzas el grito que había acumulado durante toda mi estancia en aquella pesadilla. Lloraba sin control. Los brazos de mis padres me rodearon con amor y preocupación.
—¿Qué sucede? —me preguntaban—. Hijo, háblanos.
Estaban preocupados y desesperados por respuestas, pero no encontraba mi voz para dárselas. Me limitaba a llorar, a temblar y a esconder el rostro entre sus abrazos. Necesitaba aferrarme a ellos, pues, sabía que aquello era real, que había despertado de verdad. La luz de la mañana se filtraba entre las cortinas y yo solamente pensaba en que no quería volver a ese terrible lugar.
Fotografía: MontyLov